martes, 28 de septiembre de 2021

CoffeeBill


El joven  retiró la capucha del  chubasquero y se pasó el mugriento pañuelo por la frente para secarse el sudor. Le temblaba la mano y su corazón palpitaba de forma acelerada. Agotamiento extremo era lo que sentía. ¿Cuántas horas llevaban huyendo de aquellos monstruos? Ya ni recordaba la última vez que habían podido sentarse a descansar sin miedo a ser sorprendidos en cualquier momento. No había corrido tanto en su vida; y su cuerpo protestaba por ello. Su oronda barriga se veía tan mermada que apenas se reconocía en la espigada figura que le devolvía el opaco reflejo del cristal. 

—¿Hay algo comestible? —preguntó, al tiempo que iluminaba la papelera donde Anne rebuscaba como un ávido carroñero.

No pudo evitar que sus labios se curvaran con una pálida sonrisa, al verla moverse de forma furtiva por la sucursal de un banco que apenas unas semanas antes, se vanagloriaba de ser uno de los más influyentes del país; y que ahora nada representaba. El dinero no se come, le espetó su rugiente estómago.

Había sido una suerte encontrarse con aquella chica. Durante muchos días, había llegado a pensar que era el único superviviente de un Apocalipsis, cuyo verdadero alcance y magnitud desconocían por completo. No había electricidad, y los medios de comunicación habían desaparecido, devorados por lo que a todas luces parecía una especie de pulso magnético surgido de no se sabía dónde; y por supuesto, Internet era un vago recuerdo de lo que hasta hacía unos días era una civilización desarrollada.

Solo llevaba un par de meses en Bilbao cuando todo sucedió. Había llegado de Burgos con la intención de estudiar Derecho en la prestigiosa Universidad de Deusto. Se alojaba en el Casco Viejo, en un espacioso y renovado piso compartido con otros tres estudiantes de muy diversa procedencia: Carlos era vallisoletano, Esteban malagueño y Casper, el más veterano, inglés. Formaban un buen cuarteto. No habían tardado mucho en congeniar. Casualidades de la vida: todos ellos eran aficionados a los juegos de rol, así que las veladas en casa resultaban de lo más entretenidas.

En un principio, cuando la nube negra se instaló sobre Bilbao, nadie le dio la mayor importancia. Formaba parte del paisaje habitual de la ciudad. Pero lo que no resultaba tan normal era que lo mismo estuviera sucediendo en el resto del planeta. Los telediarios no se cansaban de elucubrar sobre tan peculiar fenómeno; y mientras, los científicos más prestigiosos, se mostraban incapaces de dar una explicación convincente sobre el origen de las perturbadoras nubes negras que habían comenzado a aparecer sobre Siberia. Salían como denso y oscuro vapor de los profundos y misteriosos agujeros que allí se habían ido formando en los últimos tiempos. Enormes e impenetrables formaciones gaseosas que la circulación atmosférica se encargaba después de distribuir por buena parte del globo.

Se trataba de un fenómeno peculiar y algo molesto, pero no grave. La gente simplemente se cansaba de no ver el sol durante días. Sin embargo, pronto las comunicaciones comenzaron a fallar. Los móviles apenas funcionaban y la señal de televisión se fue haciendo tan débil que resultaba imposible seguir el ritmo de los acontecimientos. Y entonces, un buen día, un trueno que reventó los cristales de la ciudad y que parecía el anunciador del fin del mundo, dio paso a la lluvia. Una lluvia oscura, espesa, abrasiva, letal.

El cambio no era instantáneo, pero bastaban unas horas para que el aceitoso fluido caído del cielo, penetrara en el organismo a través de la piel y trasformara a los humanos en seres rabiosos sedientos de sangre; aterradores zombis, como esos que poblaban las  películas y series a las que tan aficionados eran sus amigos y él.

—¡No! No hay nada —respondió Anne con un profundo suspiro que sonaba a derrota—. Solo montones de vasos de café vacíos. Está visto que los empleados de este sitio necesitaban mucha cafeína para soportar su apestoso trabajo.

Rodrigo miró a su alrededor. No había ni rastro de dichos empleados. Sillas volcadas, bolsos olvidados, chaquetas pisoteadas, polvo y suciedad… Al igual que el resto de la población, habrían huido despavoridos hacia sus hogares cuando el mundo comenzó a colapsar a su alrededor.

—Yo mataría por un café bien cargado en estos momentos —dijo pasándose la lengua por unos labios que sintió demasiado resecos y agrietados—. Mi madre lo preparaba delicioso, muy azucarado…

Su voz se fue apagando. El alma le dolía solo de pensar en los suyos. ¿Qué habría sido de ellos? ¿Estaría el resto del país en iguales condiciones que aquella maldita ciudad? Solo espero que no, y que envíen pronto a alguien que nos saque de aquí, se dijo con un estremecimiento. En realidad sabía que eso no sucedería. La ayuda debería haber llegado hacía tiempo. Miró de soslayo hacia Anne con cierto remordimiento. Su familia había perecido devorada por sus propios vecinos.

—Lo siento, no quería…

—No te preocupes. Es normal seguir teniendo esperanza. Tal vez puedas llegar a verlos. Solo necesitamos encontrar un trasporte que nos lleve a Burgos.

—Pues como no vayamos en bicicleta…

—¿Y por qué no?

—¿Por la lluvia? —respondió con acidez.  Se arrepintió al instante. Anne no tenía la culpa de su desesperación. Es más, si no llega a ser por ella, habría sido devorado hacía tiempo; o habría muerto de hambre, soledad y miedo en el piso en el que se había atrincherado y del que le aterraba salir. Aunque pensándolo bien, tal vez hubiera sido mejor morir con sus compañeros. ¿Qué futuro les esperaba en este oscuro mundo surgido del horror?

—Estamos en Moyua. Había un sitio… —murmuraba Anne acercándose a la puerta del cristal  para escrutar la calle.

—¿De qué hablas? —preguntó sin comprender qué importancia tenía encontrarse en una de las principales plazas de Bilbao.

—De tu café. Un sitio llamado CofeeBill. ¿No has oído hablar de él?

Negó con desgana. No llevaba tanto tiempo en la ciudad como para conocer todos sus establecimientos.

—Le pusieron el nombre por lo de rápido. Como Búfalo Bill, ya sabes… —dijo encogiéndose de hombros—. Era de unos conocidos. Les gustaban los westerns.

Rodrigo apagó la linterna y se situó junto a ella. Solo la luna iluminaba la plaza ocupada por los hambrientos seres surgidos de la lluvia.

—¿Crees que llegaríamos?

—Calculo unos doscientos metros hasta allí. A la vuelta de aquella esquina. ¿La ves? Guardaban los botes de café bajo el mostrador. Una impresionante muestra de granos de todo el mundo. Alguno quedará.

—Pero son demasiados… —decía paseando su nerviosa mirada de un lado a otro de la acera próxima—.  Sería estúpido morir por…

—¡Yo invito!

Se giró. Anne había empujado la puerta y ya corría oculta en las sombras. Ella era así, excitante como el café, optimista y arrogante, de Bilbao. No pudo menos que esgrimir una nerviosa sonrisa ante semejante tópico hecho realidad.

—¡Y allá vamos! —dijo con un estremecimiento de pura ansiedad. Ni la más delirante partida de rol había tenido nunca un escenario tan desquiciado como aquella cruel realidad en la que trataban de sobrevivir—. Si tengo que morir, que sea al menos deleitándome con un café bien cargado.

Se cubrió con la capucha y salió tras su compañera hacia lo que prometía ser… el paraíso de los muy cafeteros.