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lunes, 15 de febrero de 2021

Aurrimar. La leyenda del Dios Errante: Canciones

Canción que Laurentio Espinar escribió para sus pupilos, los niños que escaparon con él de las Montañas de la Luz; únicos supervivientes de la masacre cometida por las tropas de La Orden de la Verdad en su hogar, el Templo de la Luna. Con el tiempo, se convertiría en el himno que los tripulantes del Pribylon recitarían en sus despedidas. Un canto de hermandad, esperanza y libertad.


Si la muerte me alcanza,

que sea aún en pie,

sin miedo,

borracho de vida,

rebosante de esperanza

ante las promesas del Otro Lado.

Allí,

nuestras almas,

libres y gozosas,

se reunirán

en espera de la Última Travesía.




domingo, 24 de enero de 2021

Aurrimar. La leyenda del Dios Errante / Barcos /Pribylon

Se trata de un navío de dos palos de inusual altura y esbelta arboladura; pequeño y marinero; maniobrable, versátil y veloz como ninguno. Se desconoce el astillero en el que fue construido originalmente semejante maravilla.

Laurentio Espinar y su futura esposa, Darisa Maregrande (por aquel entonces aún estudiantes de Cartografía  en la Escuela de Artes Mayores) se lo encontraron en muy malas condiciones, varado en una playa, en las costas cercanas a la Ciudad Libre de Vliegord donde ambos vivían. Seguramente había sido arrojado allí por alguna de las violentas tempestades que con frecuencia azotan la zona; aunque por los daños que mostraba el casco, bien podría haberse tratado de un naufragio producido por el ataque de algún monstruo marino de los muchos que pueblan los Mares Turbulentos.

A pesar de los destrozos ocasionados por las mareas y la inclemencia de los elementos, su oscura madera continuaba siendo hermosa, decorada con extrañas e intrincadas inscripciones y símbolos de difícil interpretación, que milagrosamente aún conservaban su color y perfecta definición. Ambos se enamoraron inmediatamente de tan exótica nave y decidieron convertirla en el símbolo de su futura unión matrimonial. Con ella, la pareja pretendía ejercer su profesión con absoluta libertad de movimientos, sin depender de ningún otro patrón.

Preguntaron entre los lugareños. El siniestro había tenido lugar hacía más de dos años. No había habido supervivientes y nunca nadie se había acercado por allí a reclamar la carga o el navío. Según las leyes del puerto de Vliegord, si algo así sucedía, el primero en encontrar los restos podía quedarse con ellos. Los habitantes de un asentamiento pesquero cercano se habían encargado hacía tiempo de saquear todo lo que habían podio encontrar de utilidad. Pero curiosamente, la estructura seguía intacta. Los supersticiosos pescadores consideraban que aquellos restos se encontraban malditos: una extraña luminiscencia envolvía el navío al caer la noche; verdosos destellos que asemejaban fuegos fatuos se aferraban a su oscuro esqueleto. Según ellos, se trataba de las almas de los desgraciados marinos fallecidos de forma tan trágica.

Picados por la curiosidad y espoleados por el ansia de aventuras propias de la juventud, la pareja acudió a la orilla una noche de Luna Negra. Desde la distancia, sobre una alta duna de arena fina, en medio de la más completa oscuridad, escucharon como la marea baja mecía con suavidad los restos del naufragio. Y cuando el siniestro reflejo del astro que dominaría el cielo esa noche incidió sobre la madera, surgieron fluctuantes focos de luz distribuidos por el casco y los mástiles, dándole al conjunto un aspecto monstruoso y sobrenatural. Lejos de sentirse asustados como los pescadores, se entusiasmaron por tan sorprendente descubrimiento. Años después, Laurentio Espinar descubriría el origen y significado de la pintura de spilka. Una mezcla de pigmentos minerales procedente de las tierras de Yraquia, que los constructores del Pribylon utilizaron para dotar a su nave del camuflaje perfecto para ahuyentar a las peligrosas serpientes marinas… y a los curiosos indeseados.

Laurentio y Darisa se acercaron hasta el Archivo Marítimo de su ciudad con intención de averiguar el origen del misterioso navío. El Pribylon no aparecía en los registros, ni en los de la Cofradía de Puertos ni en los de las Ciudades Libres. Eso les llevó a sospechar que se trataba de una nave pirata o tal vez un barco perteneciente a algún agente libre de los muchos que comerciaban con la Confederación. Conservaron el nombre y lo registraron como suyo. Lo reconstruyeron en el astillero de la familia de Darisa y navegaron por los mares de Aurrimar hasta que la desgracia se cernió sobre ellos.

La trágica muerte de su esposa y su pequeño hijo, Belio, mantuvo a un destrozado Laurentio Espinar recluido durante años en las Montañas de la Luz (donde llegó a convertirse en Maestro de los Elementos), mientras el Pribylon languidecía en Vliegord.

El infortunio no tardó mucho en volver a golpear al valiente y perseverante Laurentio. El Templo de la Luna en el que había llegado a alcanzar la paz de espíritu que tanto ansiaba, fue arrasado por la Guardia Roja de la Orden de la Verdad. Solo él y un grupo de sus alumnos más jóvenes lograron huir de la masacre. Exiliados, perseguidos, viviendo en la clandestinidad… el viejo Maestro se convirtió en un auténtico padre para los pequeños. Recuperó el Pribylon y lo transformó en su hogar, en su medio de vida; en el instrumento perfecto para continuar la búsqueda de respuestas al misterio que encierran los símbolos ardientes que le arrebataron la vida a su familia… y aún mortifican a muchos de sus pupilos y amigos.


La tripulación del Pribylon (cuyo número puede variar según el tipo de campaña que emprendan), está compuesta por hombres y mujeres (contra la tendencia general en el Continente que solo admite tripulantes masculinos en sus naves) de muy diversa procedencia, que por un motivo u otro, han terminado asentándose en la pequeña aldea denominada El Tomillar. Gentes de Smaldia, del Continente, de la lejana Aquetia, de las montañas, incluso de las Islas Olvidadas, como su capitán, Nemaio Mogar, gracias al cual se incorporó una gran cometa en la proa con la que el Pribylon captura las altas corrientes de aire para incrementar así su velocidad de forma portentosa. Hombres y mujeres inteligentes y trabajadoras que conforman una gran familia en la que cada uno de ellos aporta sus particulares habilidades y conocimientos para la consecución de un bienestar común.


martes, 22 de septiembre de 2020

Buscando Inspiración 1. Pribylon

Son muchas las personas que durante estos años me han preguntado de dónde saco las ideas para escribir mis historias y, sobre todo, la cantidad de nombres que utilizo. La inspiración para todo ello puede llegar de cualquier parte: una película, un libro, una frase dicha por alguien al azar, un cuadro, un paisaje, un refrán, una canción… Intentaré ir desgranando todos esos pequeños secretos en sucesivas entradas. ¡Y hay muchos en La leyenda del Dios Errante! Tengo que reconocer que concebí la historia como una especie de homenaje a todo aquello que de alguna manera ha ido marcando mi vida y modelando mi personalidad a los largo de los años.

Voy a comenzar esta serie que he titulado Buscando Inspiración por uno de esos nombres que se me quedaron grabados de pequeña sin saber muy bien por qué: Pribylon.

Desde un principio tuve muy claro que el barco de mis protagonistas iba a llamarse de esa manera. ¿Por qué? Os lo cuento:

¿Conocéis el film de 1952 El mundo en sus manos (The World in His Arms)? Dirigida por Raoul Walsh y protagonizada por Gregory Peck, Ann Blyth y Anthony Quinn, cuenta las andanzas del capitán Jonathan Clark apodado "el hombre de Boston", dueño de una goleta llamada La peregrina. Un audaz e intrépido cazador de focas que pretende comprarle Alaska a los rusos, y que para ello hace un trato con los banqueros de San Francisco. Sin embargo, esos planes se verán alterados por la aparición en su vida de la condesa rusa Marina Selanova de la que se enamora creyéndola una simple dama de compañía.

Acción, aventura, romance, comedia… ¿Cómo no podía convertirse en una de mis películas favoritas? De niña me encantaba y aún hoy sigo disfrutándola tanto o más que entonces. La veo una y otra vez y nunca me canso.

¿Y qué tiene todo esto que ver con el barco en el que navegan Adilaia de Galatia y sus amigos? ¡Pues muy fácil! ¿Dónde creéis que “el hombre de Boston” cazaba sus focas? “Rumbo a las Pribilon”, repetían una y otra vez los marinos de esa emocionante aventura. O eso era lo que mi mente infantil entendía… Muchos años después, ya desarrollada mi curiosidad por conocer mundo, y tras volver a visionar la película, me dediqué a buscar en el mapa las dichosas islas. ¡Cuál no fue mi sorpresa al descubrir que durante toda mi vida había estado equivocada! No eran las islas Islas Pribilon sino Pribilof, dónde se dirigían La Peregrina y sus competidores. Un conjunto de islas volcánicas situadas entre Alaska y la costa siberiana.

Una simple letra marcaba la diferencia. Pero poco me importaba tan nimio detalle. Para mí siempre terminaría con “n” y me prometí a mí misma que si algún día tenía un barco (algo bastante improbable porque me mareo un montón y tampoco tengo dinero para ello) lo bautizaría con ese nombre.

¡Dicho y hecho! El único barco que poseería jamás estaría en mi imaginación. No necesitaba buscar más. Tenía el nombre perfecto para la nave que capitaneada por Nemaio surcaría con elegancia y bravura todos y cada uno de los mares de un mundo llamado Aurrimar.

Y así fue como las Pribilof del mundo real se grabaron como Pribilon en mi mente infantil y finalmente se convirtieron en Pribylon en La leyenda del Dios Errante.


"Cogió el pesado libro de registro de manos del diligente empleado y se encaminó al rincón más apartado de la sala de consultas, lejos de miradas indiscretas. Sentado junto a una amplia ventana, comenzó a pasar con avidez las hojas hasta llegar a las anotaciones correspondientes a las últimas llegadas. Efectivamente, allí estaba: Pribylon, navío de dos palos. Origen: Islas Olvidadas. Capitán: Nemaio Mogar. "¡Sí, tiene que ser él!", se dijo a sí mismo recordando el aspecto peculiar del desconocido. El barco había atracado hacía dos días en el extremo más alejado del Puerto Viejo."

Yolanda Martín López "Aurrimar. La leyenda del Dios Errante. vol1."