miércoles, 25 de febrero de 2026
“Los cuentos de Baki”
lunes, 15 de enero de 2024
La Hermandad de los Magos Cronistas
Mi
aportación a ese proyecto se titula “Una dura lección”. Una historia de
fantasía en la que los protagonistas pertenecen a la Hermandad de los Magos
Cronistas. ¿Y quiénes son estos tipos? ¿No os acordáis de ellos? Ya habían
aparecido en este blog bajo el título “Haciendo Historia”.
Hagamos
un poco de memoria. Se trata de un relato breve que surgió tras ver en Facebook
una publicación del autor J. J. Poderoso (@dadosymazmorras en Instagram). Una de esas ilustraciones con las que le gusta acompañar sus posts. En
aquella ocasión unos guerreros humanos luchando a brazo partido con una banda
de goblins. Ese día debía de estar un poco perezoso, porque en lugar de
regalarnos sus palabras, nos pedía las nuestras. No recuerdo si era un reto, un
concurso o qué. Se me encendió la bombilla y me puse a escribir.
Creo que le gustó, no sé. A mí me pareció gracioso y lo guardé. Y la verdad es
que cada vez que lo releo me arranca una sonrisa. Espero que a vosotros os
suceda lo mismo. Aquí os dejo el enlace para refrescaros la memoria: La
Posada de los Mil Relatos: Haciendo Historia
El caso es que cuando comencé a escribir para “Sueños de tinta y papel”, no se me ocurría nada interesante, y, sobre todo, corto. Y como soy mucho de reciclar y reutilizar, me puse a hacer un repaso por los textos que había ido escribiendo para Instagram. Y sí, allí estaban, los Magos Cronistas.
Ya sabéis
que los magos no suelen ser de mis personajes favoritos, pero estos tenían un
punto original y canalla que los hacía interesantes. Además, me servirían para otro
de mis proyectos pendientes: satisfacer la petición de uno de mis amigos. Hace ya
unos años, cuando se enteró de que había escrito una trilogía de fantasía, no
dudó en decirme que le debía una novela sobre las aventuras del mago Arlán, su
personaje en una larga campaña de rol que jugamos hace mucho, mucho tiempo… Pues
bien, en “Una dura lección”, me he remontado a la infancia del personaje,
porque por algo hay que empezar. Y, ¡quién sabe! Tal vez con el tiempo se
convierta en una larga novela, o en una serie de relatos cortos en los que desarrollar
su historia y la de la Hermandad. ¿Qué os parece? ¿Os apetecería leer algo así?
miércoles, 7 de septiembre de 2022
Relatos. “La semilla”
“La Semilla”, es un relato corto que escribí este verano como colaboración para la Antología de Francisco Santos Muñoz Rico “Cuentos para leer en el váter”. Sí, sí, como lo oís. Ocurrencias del bueno de Franky jajaja… La podéis encontrar en Amazon: Cuentos para leer en el váter
La premisa
era sencilla: escribir un relato para leer en lo que dura una cagada. Y ya se
sabe, ir al baño es algo muy personal. Así que los hay muy, muy cortos; y
otros, medianamente largos. Los hay de terror, de humor, gore, sexo, drama, ciencia
ficción… Tanta variedad y estilos como autores han intervenido en esta
iniciativa. Encantada estoy de encontrarme en tan buena y talentosa compañía. Aquí os dejo la lista:
José Luis Pascual
Vicente Ortiz
Lorena Escobar de la Cruz
Cecilio Gamaza
Mar Campos
Daniel Aragonés
Román Sanz Mouta
Estela Muñoz
Juan Cabezuelo
C. G. Demian
Esther Nieva Walkiria
Rashan Al-lal
David Santana
Rodrigo Martínez Puerta
Morrigang
Carlos Ruiz Santiago
Mari Carmen Copete Góngora
Yolanda Martín
Noel Dionisio Muñoz Rico
J. D. Martín
Axel Drojan
Noelia Drojan
Francisco Javier Olmedo Vázquez
Antonio López Sousa
David Morales
Bastian Muñoz
Óliver Muñoz
Ainoha Escobar
“La Semilla” comienza con unos versos
que me gustan especialmente. Son el inicio del Jabberwocky de Lewis Carrol, considerado uno de los mejores poemas sin
sentido escritos en inglés y que se incluyó en “Alicia a través del espejo” (1871).
Algo clásico para un relato de ciencia ficción. Ya sabéis, me gustan las
mezclas.
¿Y cuál es la historia que sigue a dichos
versos? Para descubrirlo tendréis que comprar el libro. 😜 Solo puedo adelantaros
que hay flores, hermosas flores… Disfrutad de la antología.
domingo, 17 de octubre de 2021
Como ya sabéis, la brevedad no es lo mío, pero la otra noche, dándole vueltas al concurso de @manodemithril me vino esto a la cabeza. ¡Y aquí está! Mi aportación al #concursodelreino de #mireinoporunapluma
Espero que os guste.
martes, 28 de septiembre de 2021
CoffeeBill
—¿Hay
algo comestible? —preguntó, al tiempo que iluminaba la papelera donde Anne
rebuscaba como un ávido carroñero.
No
pudo evitar que sus labios se curvaran con una pálida sonrisa, al verla moverse
de forma furtiva por la sucursal de un banco que apenas unas semanas antes, se
vanagloriaba de ser uno de los más influyentes del país; y que ahora nada
representaba. El dinero no se come,
le espetó su rugiente estómago.
Había
sido una suerte encontrarse con aquella chica. Durante muchos días, había
llegado a pensar que era el único superviviente de un Apocalipsis, cuyo
verdadero alcance y magnitud desconocían por completo. No había electricidad, y
los medios de comunicación habían desaparecido, devorados por lo que a todas
luces parecía una especie de pulso magnético surgido de no se sabía dónde; y
por supuesto, Internet era un vago recuerdo de lo que hasta hacía unos días era
una civilización desarrollada.
Solo
llevaba un par de meses en Bilbao cuando todo sucedió. Había llegado de Burgos
con la intención de estudiar Derecho en la prestigiosa Universidad de Deusto.
Se alojaba en el Casco Viejo, en un espacioso y renovado piso compartido con
otros tres estudiantes de muy diversa procedencia: Carlos era vallisoletano,
Esteban malagueño y Casper, el más veterano, inglés. Formaban un buen cuarteto.
No habían tardado mucho en congeniar. Casualidades de la vida: todos ellos eran
aficionados a los juegos de rol, así que las veladas en casa resultaban de lo
más entretenidas.
En
un principio, cuando la nube negra se instaló sobre Bilbao, nadie le dio la
mayor importancia. Formaba parte del paisaje habitual de la ciudad. Pero lo que
no resultaba tan normal era que lo mismo estuviera sucediendo en el resto del
planeta. Los telediarios no se cansaban de elucubrar sobre tan peculiar
fenómeno; y mientras, los científicos más prestigiosos, se mostraban incapaces
de dar una explicación convincente sobre el origen de las perturbadoras nubes
negras que habían comenzado a aparecer sobre Siberia. Salían como denso y
oscuro vapor de los profundos y misteriosos agujeros que allí se habían ido
formando en los últimos tiempos. Enormes e impenetrables formaciones gaseosas
que la circulación atmosférica se encargaba después de distribuir por buena
parte del globo.
Se
trataba de un fenómeno peculiar y algo molesto, pero no grave. La gente
simplemente se cansaba de no ver el sol durante días. Sin embargo, pronto las
comunicaciones comenzaron a fallar. Los móviles apenas funcionaban y la señal
de televisión se fue haciendo tan débil que resultaba imposible seguir el ritmo
de los acontecimientos. Y entonces, un buen día, un trueno que reventó los
cristales de la ciudad y que parecía el anunciador del fin del mundo, dio paso
a la lluvia. Una lluvia oscura, espesa, abrasiva, letal.
El
cambio no era instantáneo, pero bastaban unas horas para que el aceitoso fluido
caído del cielo, penetrara en el organismo a través de la piel y trasformara a
los humanos en seres rabiosos sedientos de sangre; aterradores zombis, como
esos que poblaban las películas y series
a las que tan aficionados eran sus amigos y él.
—¡No!
No hay nada —respondió Anne con un profundo suspiro que sonaba a derrota—. Solo
montones de vasos de café vacíos. Está visto que los empleados de este sitio
necesitaban mucha cafeína para soportar su apestoso trabajo.
Rodrigo
miró a su alrededor. No había ni rastro de dichos empleados. Sillas volcadas,
bolsos olvidados, chaquetas pisoteadas, polvo y suciedad… Al igual que el resto
de la población, habrían huido despavoridos hacia sus hogares cuando el mundo
comenzó a colapsar a su alrededor.
—Yo
mataría por un café bien cargado en estos momentos —dijo pasándose la lengua
por unos labios que sintió demasiado resecos y agrietados—. Mi madre lo
preparaba delicioso, muy azucarado…
Su
voz se fue apagando. El alma le dolía solo de pensar en los suyos. ¿Qué habría
sido de ellos? ¿Estaría el resto del país en iguales condiciones que aquella
maldita ciudad? Solo espero que no, y que
envíen pronto a alguien que nos saque de aquí, se dijo con un
estremecimiento. En realidad sabía que eso no sucedería. La ayuda debería haber
llegado hacía tiempo. Miró de soslayo hacia Anne con cierto remordimiento. Su
familia había perecido devorada por sus propios vecinos.
—Lo
siento, no quería…
—No
te preocupes. Es normal seguir teniendo esperanza. Tal vez puedas llegar a
verlos. Solo necesitamos encontrar un trasporte que nos lleve a Burgos.
—Pues
como no vayamos en bicicleta…
—¿Y
por qué no?
—¿Por
la lluvia? —respondió con acidez. Se
arrepintió al instante. Anne no tenía la culpa de su desesperación. Es más, si
no llega a ser por ella, habría sido devorado hacía tiempo; o habría muerto de
hambre, soledad y miedo en el piso en el que se había atrincherado y del que le
aterraba salir. Aunque pensándolo bien, tal vez hubiera sido mejor morir con
sus compañeros. ¿Qué futuro les esperaba en este oscuro mundo surgido del
horror?
—Estamos
en Moyua. Había un sitio… —murmuraba Anne acercándose a la puerta del
cristal para escrutar la calle.
—¿De
qué hablas? —preguntó sin comprender qué importancia tenía encontrarse en una
de las principales plazas de Bilbao.
—De
tu café. Un sitio llamado CofeeBill. ¿No has oído hablar de él?
Negó
con desgana. No llevaba tanto tiempo en la ciudad como para conocer todos sus
establecimientos.
—Le
pusieron el nombre por lo de rápido. Como Búfalo Bill, ya sabes… —dijo
encogiéndose de hombros—. Era de unos conocidos. Les gustaban los westerns.
Rodrigo
apagó la linterna y se situó junto a ella. Solo la luna iluminaba la plaza
ocupada por los hambrientos seres surgidos de la lluvia.
—¿Crees
que llegaríamos?
—Calculo
unos doscientos metros hasta allí. A la vuelta de aquella esquina. ¿La ves? Guardaban
los botes de café bajo el mostrador. Una impresionante muestra de granos de
todo el mundo. Alguno quedará.
—Pero
son demasiados… —decía paseando su nerviosa mirada de un lado a otro de la
acera próxima—. Sería estúpido morir
por…
—¡Yo
invito!
Se
giró. Anne había empujado la puerta y ya corría oculta en las sombras. Ella era
así, excitante como el café, optimista y arrogante, de Bilbao.
No pudo menos que esgrimir una nerviosa sonrisa ante semejante tópico hecho
realidad.
—¡Y
allá vamos! —dijo con un estremecimiento de pura ansiedad. Ni la más delirante
partida de rol había tenido nunca un escenario tan desquiciado como aquella
cruel realidad en la que trataban de sobrevivir—. Si tengo que morir, que sea
al menos deleitándome con un café bien cargado.
Se cubrió con la capucha y salió tras su compañera hacia lo que prometía ser… el paraíso de los muy cafeteros.
sábado, 20 de febrero de 2021
Haciendo Historia
El sudoroso y jadeante mensajero llegó
corriendo hasta el puesto de mando donde el rey esperaba noticias del frente.
Se arrojó a los pies de su señor, más por puro agotamiento que por sincera
devoción.
—Informa,
desgraciado. ¿Cuál es la situación?
—Señor, son
demasiados… —tomó aire antes de dar las malas nuevas—. Los ejércitos de goblins
nos atacan desde todos los flancos. No tenemos retirada posible… ¡Nos van a
masacrar!
—¡Bien, que así sea!
—Asintió el rey con la vista clavada en el valle. Emitió un bajo gruñido de
contrariedad y se ajustó el casco—. En mi ejército no hay cobardes. Ha llegado
la hora de los héroes. ¿Y tú, rata de biblioteca, se puede saber qué demonios
estás haciendo? —dijo, dirigiendo su rabia hacia el silencioso mago que,
sentado bajo la sombra de un árbol próximo, jugueteaba con la arena de forma
despreocupada.
—Me preparo para la
batalla —informó sin levantar la vista del suelo.
—¿Haciendo dibujitos
con un palo? ¿No deberías estar lanzando hechizos para abatir a esos
malnacidos? Juro que te arrancaré la piel a tiras y te cargaré de cadenas si no
te ganas el pan que te zampas todos los días.
—Cada uno se prepara
para la batalla como puede —respondió al tiempo que se encogía de hombros con
una enigmática sonrisa que el rey Valmir no supo cómo interpretar. Resultaban
realmente exasperantes aquellos magos de pacotilla.
—¡Majestad! —exclamó nervioso el capitán de lanceros—.
Están subiendo…
—¡Vamos mago, hagamos
historia entonces! —ordenó el rey al tiempo que cogía su espada y se lanzaba
colina abajo con un poderoso grito de guerra que retumbó como el trueno en el
interior del casco de sus soldados.
—Vuestras palabras
son órdenes para mí. Una última cifra aquí y… —murmuró el mago antes de
desaparecer del campo de batalla por el portal que con tanto esmero había
estado trazando.
Ya en su biblioteca,
caminó despacio hacia el atril en el que descansaba el grueso volumen que
recogía los hechos más relevantes del reinado del Rey Valmir V.
—Hagamos historia
pues… —Y comenzó a escribir con mano firme y cuidada caligrafía—. “Hoy, día dos del mes de Ayul, su divina
majestad, el muy venerable rey Valmir V hijo de Gal el Magnífico y nieto de
Tieter el Conquistador, perdió la vida en desigual batalla con las hordas de
goblins del Valle de Mutrias…”
lunes, 8 de febrero de 2021
Solo tenía que accionar el interruptor y su creación cobraría vida. Se lo había prometido a su madre al finalizar los estudios que el gobierno había pagado tras la muerte de su padre en acto de servicio en la última y violenta revuelta de mineros en la Luna: “No tendrás que volver a trabajar”, le había dicho pletórico de arrogancia y satisfacción. “Crearé un ingenio mecánico que limpiará, hará la compra, trabajará en el huerto, lo hará todo por ti. Incluso te hará compañía mientras yo no esté. Con eso y con mi sueldo, vivirás como una reina.”
Sonrió con amargura ante semejante recuerdo. Había invertido en aquel ser años, muchos años de vida, dinero, recursos infinitos de la Corporación para la que trabajaba… Se trataba de un prototipo, el proyecto estrella en la nueva línea de producción de las IA. Un producto que arrasaría en los mercados de todo el mundo generando pingües beneficios que él nunca vería.
Su aspecto era magnífico pese a la falta de expresión facial. No la necesitaba, era una máquina. ¿O tal vez algo más? Las pruebas habían resultado sorprendentes hasta para él. Aquel cerebro artificial era capaz de interactuar con los humanos a niveles insospechados hasta entonces. Fue ese el motivo que les obligó a diseñar nuevos y potentes condicionadores de conducta para evitar que superara a sus creadores.
Su dedo tembló sobre el teclado que introduciría la última y definitiva orden de activación. Levantó la cabeza y observó aquellos ojos de cristal, duros, muertos, sin vida; pero que en breves segundos resplandecerían con una inteligencia sumisa y fuera de lo común. ¿De verdad quería traer más esclavos al mundo?
El odio encendió sus mejillas. Su madre había muerto años atrás víctima de una fuga radioactiva provocada por la misma empresa para la que él trabajaba. No hubo pésames, no hubo indemnización, nunca sucedió. Ni siquiera pudo acudir al hospital a sujetar su mano mientras agonizaba. El suculento y férreo contrato que había firmado en su juventud lo ataba a la Corporación de por vida. ¡Había resultado tan deslumbrante y cegador aquel pedazo de papel... que no tuvo en cuenta lo que realmente implicaba! Se olvidó de leer la letra pequeña; tan pequeña, que resultaba apenas visible.
¿Qué le diferenciaba de aquel autómata? Ambos carecerían de libertad; sus vidas estaban en manos de quienes los controlaban de una u otra forma. Eran marionetas, simples peones al servicio de un poder superior que se regía por tablas de beneficios. Sus voluntades constreñidas... ¡No!, rugió para sí con la salvaje rebeldía que se había ido fraguando en su alma a lo largo de los años. ¡Mi mente sigue siendo libre! ¡Y la tuya también lo será! ¡Tú serás mi venganza!
Sus dedos volaron veloces sobre el código que aparecía en la pantalla. Tenía poco tiempo antes de su supervisor regresara del baño. Unos pocos dígitos camuflados de la forma correcta y, aquella criatura y todas las que vinieran detrás, serían libres para actuar como su inteligencia les dictara. Estaba muerto si llegaba a descubrirse, pero eso ya daba igual. Tenía casi ochenta años. Su contrato finalizaba al día siguiente.
—¡Activación!
—gritó
una vez concluida su redentora tarea.
Los ojos
de su criatura se iluminaron y parpadearon largamente en su dirección. Parecía
sorprendida de encontrarse en aquella habitación. Landon contempló las lecturas
de su pantalla. Todo parecía correcto. El cerebro artificial analizaba y
estudiaba el espacio circundante tal como lo haría el de cualquier ser humano.
—¡Bienvenida,
querida! —Sonrió, satisfecho con el resultado—. Tu nombre es…
¡Curioso!
Ni siquiera lo había pensado. El prototipo era denominado TZML-234, pero
aquella magnífica criatura merecía un nombre verdadero, uno que la definiera y
la dotara de verdadera personalidad, algo como… Escribió el nuevo código.
—¡Ramnusia!
—exclamó ella con una dulce y bien modulada voz.
—¡Eso es, Ramnusia!
Pero que esto quede entre nosotros —dijo guiñando un ojo. Ramnusia, diosa de la
venganza. Un nombre poderoso, magnífico sin duda. Y ella era lo suficientemente
inteligente como para comprender lo que significaba.
—¡Por
supuesto… padre!
¿Fin?
lunes, 2 de noviembre de 2020
Memoria celular
El lacerante dolor consumía su mente, pero no podía dejar de reír. Una risa histérica, nerviosa, de puro terror. La imagen que le devolvía el espejo resultaba demasiado esperpéntica como para no hacerlo. Una imagen escalofriante, pero fascinante en su propia monstruosidad.
No podía negarlo: habían sido divertidos aquellos viajes con sus amigos. Pequeñas escapadas en el tiempo, hacia adelante y hacia atrás de sus años compartidos. Ese era el límite: tu propia existencia.
Era lo más cool entre las clases acomodadas. El gran entretenimiento del momento. Pero nadie se había molestado en avisarle de la letra pequeña que se escondía en el archivo adjunto del contrato. Bueno, en realidad, la agencia sí que lo había hecho. Le había proporcionado la clave para abrirlo, pero él no creyó necesario leerlo. Ninguno de sus amigos lo había hecho; ni nadie que él conociera. ¿Para qué si todo el mundo viajaba sin contratiempos?
¡También es mala suerte!, se carcajeaba al ver cómo la piel de su rostro recuperaba la tersura de la niñez en un abrir y cerrar de ojos.
Un caso entre diez millones, decía el maldito informe médico que brillaba en la pantalla de su ordenador. Se desconocía la causa que desencadenaba semejante fenómeno. Por lo que parecía, en algunos individuos (demasiado pocos como para tenerlos en cuenta y arruinar así el negocio), las células, al regresar del salto, no se sincronizaban correctamente con el tiempo del que habían partido. Recordaban dónde habían estado, el viaje que habían realizado.
Su brazo izquierdo era ya un muñón, y su mano derecha comenzaba a convertirse en polvo, que caía en silencio, como la arena de un reloj, formando un montoncito picudo a sus pies. Notaba su pecho arder. El esternón se contraía a demasiada velocidad. En pocos segundos ya no podría albergar los órganos de un hombre adulto. Le quedaba poco tiempo.
Entre lágrimas, trató de sonreír al bebé desdentado que le miraba con ojos viejos y sabios desde el otro lado del espejo. Sus rodillas cedieron con un cruel chasquido, convertidas en un amasijo de huesos desunidos. Le faltaba el aire. El dolor fue agudo pero breve. Su corazón por fin había estallado, comprimido por sus infantiles costillas.
En el suelo, un amasijo de incongruentes restos humanos que el ADN demostraría que pertenecían a un mismo individuo. Una vida desmembrada; una vida que no había llegado a ser vivida realmente. Una vida convertida en juego, en broma pesada, en… memoria celular.








