viernes, 21 de febrero de 2020

La leyenda del Dios Errante vol.1 - Libro 1. Tulos

 

Capítulo 1:: El despertar
 


    Karimo se despertó sobresaltado al sentir que algo suave y húmedo acariciaba su mejilla. Casi sin abrir los ojos, se incorporó con un brusco impulso y arrastró en su camino a Ramita, su pequeña piwili, que preocupada, llevaba horas intentando reanimarle a lametazos.

 
    El muchacho, aún medio dormido y aturdido, ignoró las protestas del animalillo y buscó a su alrededor una explicación a su estado de desconcierto y confusión. No reconocía el lugar en el que se encontraba y la ansiedad hizo presa en él agitando su pecho, que subía y bajaba al ritmo que marcaba su acelerado corazón. No recordaba cómo había llegado allí y mucho menos haber encendido el fuego cuyos rescoldos aún humeaban no muy lejos del lugar donde había permanecido acostado. Aún sentado, sin atreverse casi a moverse, estiró la mano para agarrar su lucerna, que tampoco recordaba haber encendido, y estudió con más detenimiento su refugio. Parecía un abrigo rocoso, no demasiado amplio, pero acogedor y bien resguardado de los vientos de la noche que soplaban en el exterior. La boca de la pequeña caverna se abría hacia el mar de dunas que se extendía hasta más allá del oscuro horizonte. Incrédulo, gateó hasta la entrada y entrecerró los ojos para enfocar la mirada. ¡No puede ser!, se dijo con un estremecimiento que sacudió todo su cuerpo. Esas luces rojas… ¡Son los pináculos de las Cuatro Torres de la aldea! ¿Cómo es posible que estemos tan cerca del Oasis de Shifray?
   —¡Pero si nos habíamos perdido! Alzó la voz al recordar de pronto, dirigiéndose a Ramita—. ¿Lo he soñado?
El rollizo animalito, de suave pelaje amarillo y no mucho más grande que una sandía, meneó la cabeza con un gesto que parecía una negación.
Afuera era noche cerrada y las estrellas titilaban claras y brillantes en el frío cielo nocturno. Aguzó el oído para escuchar más allá del viento. Hasta él llegaban los reconocibles gruñidos del rebaño que apaciblemente debía dormitar en las proximidades. Todo parecía tranquilo, y sin embargo… tan endiabladamente extraño…
Un incómodo cosquilleo sobre su hombro derecho hizo que alzara la mano para rascarse. Las yemas de sus dedos repararon en algo ligeramente abultado, algo que nunca antes había estado sobre su piel. Sorprendido, volvió a acercarse a la tenue luz de la lámpara y echó un vistazo bajo la camisa mientras acariciaba con mucho cuidado una pequeña y reciente cicatriz en forma de estrella. ¿Qué era aquello?
Sintió auténtico pánico. Su joven alma le pedía gritar, salir corriendo hacia la aldea en busca de ayuda, de una explicación; pero un repentino descubrimiento le paralizó a la entrada de su refugio. Una visión inesperada… y aún más aterradora que la desconcertante y desconocida realidad a la que había despertado. La Luna Negra comenzaba a despuntar tras un cercano farallón de roca. Su silueta apenas era visible, sin embargo, la densa masa de estrellas que pendía como una gigantesca banda plateada sobre la soledad del desierto, le proporcionaba la suficiente luz como para apreciar la totalidad de su circunferencia. Su desasosiego crecía a la misma velocidad con la que ascendía el oscuro astro desde las profundidades del mundo. La última luna que recordaba haber contemplado no estaba completa ni mucho menos. ¡Le faltaban dos días para alcanzar el plenilunio!, murmuró en voz baja, para sí mismo, con voz ronca y seca.
Se frotó las sienes para aplacar el incipiente dolor de cabeza que le obligaba a entrecerrar los ojos y arrugar la frente. Sus ojos se cerraron. Poco a poco su cerebro parecía ir despertando. En los límites de su consciencia se fue formando de manera cada vez más clara la imagen de unos enormes ojos negros sobre un rostro inhumano y pálido como la muerte. ¡Sí, ahora lo recuerdo perfectamente! Un frío escalofrío de terror recorrió toda su espina dorsal. Había sufrido un desafortunado encuentro con un demonio del Inframundo, con una de aquellas infernales criaturas contra las que les prevenía constantemente Muhab, el chamán de la aldea: Leblishes, seres infrahumanos que esclavizaban a los armadillos dorados y custodiaban las almas de los muertos.
Pero si sus recuerdos no le engañaban… ¿Cómo había sobrevivido? ¿Quién le había puesto a salvo a él y a su rebaño? Sacudió su aturdida cabeza a uno y otro lado. Sin duda debía de tratarse de un sueño; un breve retazo de alguna absurda pesadilla. Sin embargo... la imagen era tan vívida en su mente, tan real…
Un pesado y áspero sonido rompió el silencio de la noche y le sacó de sus cavilaciones. Ruido de garras sobre las rocas. Alguna desconocida bestia se estaba arrastrando en el exterior. Todo su cuerpo se tensó e instintivamente dirigió su mano hacia el tobillo derecho, hacia el puñal oculto en su bota. Se sorprendió al sentir su frío tacto. Realmente no esperaba encontrarlo allí…
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