Como ya sabéis, la brevedad no es lo mío, pero la otra noche, dándole vueltas al concurso de @manodemithril me vino esto a la cabeza. ¡Y aquí está! Mi aportación al #concursodelreino de #mireinoporunapluma
Espero que os guste.
Como ya sabéis, la brevedad no es lo mío, pero la otra noche, dándole vueltas al concurso de @manodemithril me vino esto a la cabeza. ¡Y aquí está! Mi aportación al #concursodelreino de #mireinoporunapluma
Espero que os guste.
A mi estimada Yolanda, felicitarla por tan hermosa obra y desearle todos los éxitos en su carrera en la literatura. Háganme caso, y busquen el libro, completamente recomendable.
—¿Hay
algo comestible? —preguntó, al tiempo que iluminaba la papelera donde Anne
rebuscaba como un ávido carroñero.
No
pudo evitar que sus labios se curvaran con una pálida sonrisa, al verla moverse
de forma furtiva por la sucursal de un banco que apenas unas semanas antes, se
vanagloriaba de ser uno de los más influyentes del país; y que ahora nada
representaba. El dinero no se come,
le espetó su rugiente estómago.
Había
sido una suerte encontrarse con aquella chica. Durante muchos días, había
llegado a pensar que era el único superviviente de un Apocalipsis, cuyo
verdadero alcance y magnitud desconocían por completo. No había electricidad, y
los medios de comunicación habían desaparecido, devorados por lo que a todas
luces parecía una especie de pulso magnético surgido de no se sabía dónde; y
por supuesto, Internet era un vago recuerdo de lo que hasta hacía unos días era
una civilización desarrollada.
Solo
llevaba un par de meses en Bilbao cuando todo sucedió. Había llegado de Burgos
con la intención de estudiar Derecho en la prestigiosa Universidad de Deusto.
Se alojaba en el Casco Viejo, en un espacioso y renovado piso compartido con
otros tres estudiantes de muy diversa procedencia: Carlos era vallisoletano,
Esteban malagueño y Casper, el más veterano, inglés. Formaban un buen cuarteto.
No habían tardado mucho en congeniar. Casualidades de la vida: todos ellos eran
aficionados a los juegos de rol, así que las veladas en casa resultaban de lo
más entretenidas.
En
un principio, cuando la nube negra se instaló sobre Bilbao, nadie le dio la
mayor importancia. Formaba parte del paisaje habitual de la ciudad. Pero lo que
no resultaba tan normal era que lo mismo estuviera sucediendo en el resto del
planeta. Los telediarios no se cansaban de elucubrar sobre tan peculiar
fenómeno; y mientras, los científicos más prestigiosos, se mostraban incapaces
de dar una explicación convincente sobre el origen de las perturbadoras nubes
negras que habían comenzado a aparecer sobre Siberia. Salían como denso y
oscuro vapor de los profundos y misteriosos agujeros que allí se habían ido
formando en los últimos tiempos. Enormes e impenetrables formaciones gaseosas
que la circulación atmosférica se encargaba después de distribuir por buena
parte del globo.
Se
trataba de un fenómeno peculiar y algo molesto, pero no grave. La gente
simplemente se cansaba de no ver el sol durante días. Sin embargo, pronto las
comunicaciones comenzaron a fallar. Los móviles apenas funcionaban y la señal
de televisión se fue haciendo tan débil que resultaba imposible seguir el ritmo
de los acontecimientos. Y entonces, un buen día, un trueno que reventó los
cristales de la ciudad y que parecía el anunciador del fin del mundo, dio paso
a la lluvia. Una lluvia oscura, espesa, abrasiva, letal.
El
cambio no era instantáneo, pero bastaban unas horas para que el aceitoso fluido
caído del cielo, penetrara en el organismo a través de la piel y trasformara a
los humanos en seres rabiosos sedientos de sangre; aterradores zombis, como
esos que poblaban las películas y series
a las que tan aficionados eran sus amigos y él.
—¡No!
No hay nada —respondió Anne con un profundo suspiro que sonaba a derrota—. Solo
montones de vasos de café vacíos. Está visto que los empleados de este sitio
necesitaban mucha cafeína para soportar su apestoso trabajo.
Rodrigo
miró a su alrededor. No había ni rastro de dichos empleados. Sillas volcadas,
bolsos olvidados, chaquetas pisoteadas, polvo y suciedad… Al igual que el resto
de la población, habrían huido despavoridos hacia sus hogares cuando el mundo
comenzó a colapsar a su alrededor.
—Yo
mataría por un café bien cargado en estos momentos —dijo pasándose la lengua
por unos labios que sintió demasiado resecos y agrietados—. Mi madre lo
preparaba delicioso, muy azucarado…
Su
voz se fue apagando. El alma le dolía solo de pensar en los suyos. ¿Qué habría
sido de ellos? ¿Estaría el resto del país en iguales condiciones que aquella
maldita ciudad? Solo espero que no, y que
envíen pronto a alguien que nos saque de aquí, se dijo con un
estremecimiento. En realidad sabía que eso no sucedería. La ayuda debería haber
llegado hacía tiempo. Miró de soslayo hacia Anne con cierto remordimiento. Su
familia había perecido devorada por sus propios vecinos.
—Lo
siento, no quería…
—No
te preocupes. Es normal seguir teniendo esperanza. Tal vez puedas llegar a
verlos. Solo necesitamos encontrar un trasporte que nos lleve a Burgos.
—Pues
como no vayamos en bicicleta…
—¿Y
por qué no?
—¿Por
la lluvia? —respondió con acidez. Se
arrepintió al instante. Anne no tenía la culpa de su desesperación. Es más, si
no llega a ser por ella, habría sido devorado hacía tiempo; o habría muerto de
hambre, soledad y miedo en el piso en el que se había atrincherado y del que le
aterraba salir. Aunque pensándolo bien, tal vez hubiera sido mejor morir con
sus compañeros. ¿Qué futuro les esperaba en este oscuro mundo surgido del
horror?
—Estamos
en Moyua. Había un sitio… —murmuraba Anne acercándose a la puerta del
cristal para escrutar la calle.
—¿De
qué hablas? —preguntó sin comprender qué importancia tenía encontrarse en una
de las principales plazas de Bilbao.
—De
tu café. Un sitio llamado CofeeBill. ¿No has oído hablar de él?
Negó
con desgana. No llevaba tanto tiempo en la ciudad como para conocer todos sus
establecimientos.
—Le
pusieron el nombre por lo de rápido. Como Búfalo Bill, ya sabes… —dijo
encogiéndose de hombros—. Era de unos conocidos. Les gustaban los westerns.
Rodrigo
apagó la linterna y se situó junto a ella. Solo la luna iluminaba la plaza
ocupada por los hambrientos seres surgidos de la lluvia.
—¿Crees
que llegaríamos?
—Calculo
unos doscientos metros hasta allí. A la vuelta de aquella esquina. ¿La ves? Guardaban
los botes de café bajo el mostrador. Una impresionante muestra de granos de
todo el mundo. Alguno quedará.
—Pero
son demasiados… —decía paseando su nerviosa mirada de un lado a otro de la
acera próxima—. Sería estúpido morir
por…
—¡Yo
invito!
Se
giró. Anne había empujado la puerta y ya corría oculta en las sombras. Ella era
así, excitante como el café, optimista y arrogante, de Bilbao.
No pudo menos que esgrimir una nerviosa sonrisa ante semejante tópico hecho
realidad.
—¡Y
allá vamos! —dijo con un estremecimiento de pura ansiedad. Ni la más delirante
partida de rol había tenido nunca un escenario tan desquiciado como aquella
cruel realidad en la que trataban de sobrevivir—. Si tengo que morir, que sea
al menos deleitándome con un café bien cargado.
Se cubrió con la capucha y salió tras su compañera hacia lo que prometía ser… el paraíso de los muy cafeteros.
En septiembre
os iré contando más cosas sobre ella. De momento os dejo el título: “El Baile
de las Quimeras”
¿Qué os sugiere? La foto que sirve de fondo puede daros una pista sobre el género literario en el que clasificarla. ¿No? Os diré entonces que se trata de una mezcla de drama familiar, Ciencia Ficción suave de aire clásico, Fantasía desquiciada… ¿Os ha picado la curiosidad? Pronto tendréis más noticias de esta aventura que transcurre en un mundo muy diferente a Aurrimar, donde hasta ahora se ambientaban el resto de mis novelas.
Bill
Viola es un artista estadounidense que destaca por su carácter pionero en el
desarrollo del videoarte. Sus obras engloban videoinstalaciones, ambientes
auditivos o performances, y su temática gira preferentemente en torno a la
condición humana (nacimiento,
muerte, transformación, renacimiento, transfiguración, espiritualidad…)
Y os
preguntareis… ¿Qué tiene que ver este hombre con mi novela “El Dracón y el lobo
de fuego"? Os cuento:
Creo que ya he comentado en alguna ocasión que estuve trabajando durante casi siete años en el Museo Guggenheim-Bilbao. Era auxiliar de sala y pasaba muchas, muchas horas al día en compañía de las obras de arte que allí se exponían. Resultaba casi inevitable que el museo se convirtiera una de mis principales fuentes de inspiración mientras escribía “Aurrimar. La leyenda del Dios Errante” y “El Dracón y el lobo de fuego”. Siempre llevaba los bolsillos de la chaqueta del uniforme llenos de cuartillas A5 dobladas por la mitad para apuntar cualquier cosa que me viniera a la cabeza. Ideaba historias, escribía sin parar, y así, los muchos ratos muertos que se producían cuando no había público, transcurrían de forma mucho más entretenida y productiva.
Bill
Viola: Retrospectiva (2017), fue la última gran exposición en la que estuve
presente y una de las que más disfruté como trabajadora del museo. Seguramente
la mayoría de mis compañer@s no opinarían lo mismo: diez horas al día en salas
oscuras, de pie, viendo siempre los mismos vídeos, vigilando que los visitantes
no estropearan las instalaciones con alguna imprudencia… Desde luego no parece
el mejor de los planes. Pero para mí fue una de las experiencias más relajantes
tras muchos años trabajando allí; y Bill Viola se convirtió en uno de mis
artistas favoritos. Antes, ni siquiera había oído hablar de él.
La
mayoría de los vídeos de esta retrospectiva eran lentos, muy lentos, pausados,
durante minutos apenas pasaba nada en ellos. Realizados para disfrutarlos sin
prisas, en modo contemplativo, esperando la sorpresa que escondían o
simplemente reflexionando sobre lo que allí se mostraba o sugería. Pequeñas y medianas pantallas o grandes
instalaciones, la variedad era rica en
experiencias. En algunas de ellas se proyectaban personas caminando por un
paisaje árido, simplemente eso, caminaban hasta que se encontraban en un punto
y daban la vuelta o se volvían a separar. En otra sala por ejemplo, en total oscuridad, proyectadas sobre dos losas de granito negro, una pareja de ancianos, completamente desnudos, estudiaban su cuerpo con una pequeña luz, muy lentamente, como si el
tiempo ya no importara, concienzudamente, buscando la muerte…
Obras
todas ellas que me resultaban hipnóticas, aunque supongo que para mucha gente
eran simplemente aburridas porque en apariencia nada sucedía en ellas. Me daba
rabia cuando los visitantes se pasaban por las salas sin pararse a mirar,
saliendo de ellas aburridos, perdiéndose lo más interesante que estaba por
llegar. Está visto que la paciencia no es nuestro fuerte.
Pero
a lo que iba en esta publicación… En esa época yo estaba escribiendo “El Dracón
y el lobo de fuego”, y reconozco que andaba un poco perdida: no acababa de visualizar
uno de los escenarios más importantes de la trama. Y fue Bill Viola el que me mostró el camino.
El fuego
y el agua eran elementos recurrentes en muchas de las proyecciones. Elementos contrapuestos,
pero al mismo tiempo complementarios y que podían coexistir en perfecta armonía
dentro de la misma obra. Justo lo que yo necesitaba en el Templo de los Misterios:
un lugar de paz, espiritualidad y comprensión de los opuestos. Un enclave
poderoso en el que fuego y agua guiarían a mis personajes hacia el clímax de la
historia.
En concreto, fueron tres obras las que me abrieron la mente y pusieron fin a mi bloqueo: Night Vigil, Fire Woman y Tristan’s Ascension. Son descritas de la siguiente manera en la web del museo.
NIGHT VIGIL
Las imágenes de Vigilia nocturna (Night Vigil) provienen de una producción de la ópera de Richard Wagner Tristán e Isolda, una colaboración entre el director Peter Sellars, el director de orquesta Esa-Pekka Salonen, Bill Viola y la productora ejecutiva Kira Perov (vídeo, 2004–05). La leyenda original de Tristán e Isolda es la historia de un amor tan intenso y profundo que resulta imposible contenerlo en los cuerpos físicos de los amantes. Para satisfacer sus deseos, en último término los protagonistas deben trascender la vida y llegar a un lugar que está más allá de las polaridades de luz y sombra, masculino y femenino, vida y muerte, tiempo y eternidad.
La instalación Vigilia nocturna consiste en un díptico de vídeo retroproyectado sobre pantallas contiguas. El vídeo muestra una secuencia en la que un hombre y una mujer, separados por la oscuridad en plena noche, se ven atraídos el uno hacia el otro, y hacia la fuente de luz que ilumina su deseo. Cada uno emprende un viaje individual para alcanzar su objetivo: el de él es un viaje externo de acción, un largo trayecto en medio de la oscuridad de la noche que conduce a la luz de un fuego abrasador; el de ella es un viaje interior de contemplación, el encendido metódico de unas velas hasta que la estancia se ilumina por completo. Aunque ambos emprenden un viaje solitario y por separado, tienen el mismo destino: la fusión del yo individual en un mundo que trasciende la muerte.
Y en la sala contigua, sobre una pantalla gigante de 5,8 x 3,25 se proyectaban dos videos de forma consecutiva:
FIRE WOMAN
Mujer fuego (Fire Woman) es una visión en la memoria de un hombre que agoniza. La silueta de una mujer aparece a contraluz ante un muro de fuego. Tras algunos minutos, la mujer avanza, abre los brazos y se hunde en su propio reflejo. Cuando las llamas de la pasión y la fiebre envuelven la mirada interior y la revelación de que el deseo físico ya no regresará ciega al observador, la superficie reflejante se hace añicos y vuelve a su estado esencial de formas ondulantes de luz pura. Mujer fuego es una instalación que consiste en una proyección de imágenes en una gran pantalla vertical. Cuatro canales de sonido envolvente llenan el espacio.
TRISTAN’S ASCENSION (THE SOUND OF A MOUNTAIN UNDER A WATERFALL)
La ascensión de Tristán (Tristan’s Ascension) describe la ascensión del alma después de la muerte, cuando despierta y es atraído hacia una cascada cuya agua sube en lugar de caer. El cuerpo de un hombre yace sobre una losa en una sala de hormigón vacía. Unas pequeñas gotas de agua aparecen a medida que suben desde el suelo y ascienden en el espacio. Lo que comienza como una llovizna se transforma en un diluvio atronador, y el agua que cae empuja el cuerpo inerte del hombre, que pronto cobra vida. Sus brazos se mueven desgarbados y su torso se arquea en las aguas revueltas.
Por último, todo el cuerpo se alza desde la losa, se eleva por la fuerza del agua y desaparece por la parte superior de la cascada. El torrente se sosiega gradualmente y las gotas se van espaciando hasta que solo queda la losa vacía, brillante sobre el suelo húmedo. La secuencia se proyecta sobre una gran pantalla vertical montada en la pared. Un sistema de sonido envolvente 4.1 especialmente configurado despliega el sonido en la dimensión vertical del espacio.
¿Se ha notado que me gustó esta exposición? Ja, ja,
ja... Os dejo el enlace del museo para que podáis leer las descripciones de
todas las obras que se expusieron:
Bill Viola | Obras | Museo Guggenheim Bilbao (guggenheim-bilbao.eus)
Algunas de ellas podéis verlas en YouTube para haceros una idea. Aunque
la calidad es bastante mala y la experiencia nada tiene que ver con disfrutarlas
en vivo y en directo.
El Estrella Roja es un viejo carguero salido de algún
olvidado astillero de Guerhotia, que doscientos años atrás, durante su época de
máxima prosperidad, había sido el asentamiento más dinámico y populoso de la
Laguna Escondida. Un pequeño puerto situado en la desembocadura del Belonte, al
que mercaderes
de todo el Continente y de los Pueblos Libres acudían para aprovisionarse de las
raras hierbas que crecían en las orillas del lúgubre río, así como de drogas y
psicotrópicos que se producían en abundancia en los laboratorios de las
poderosas familias que dominaban tan lucrativo mercado. Sustancias todas ellas
muy apreciadas por los más afamados galenos de
Sus
habitantes prosperaron y se volvieron cada vez más osados. Haciendo caso omiso de
las siniestras historias que circulaban sobre el interminable bosque que crecía
a sus espaldas, en las orillas del Belonte, se internaron cada vez más en las entrañas
del mismo, río arriba, en busca de nuevos y exóticos productos que ofrecer a
sus insaciables clientes. Fue entonces cuando las leyendas les alcanzaron y
comenzó su lenta decadencia. Las expediciones se perdían en las profundidades
de la floresta sin dejar rastro; las patrullas enviadas en su busca regresaban
mermadas y muchos de sus miembros, enloquecidos por el terror, ofrecían
espeluznantes testimonios sobre seres monstruosos devoradores de hombres, criaturas
pensantes que se ocultaban en los pantanos... Otros muchos, simplemente no
regresaban jamás.
Poco
a poco, los miembros más influyentes y adinerados de aquella decadente comunidad la fueron abandonando. Los estremecedores hechos relatados por los
supervivientes cada vez se producían más cerca de sus residencias y temían por
su seguridad. La mayoría emigraron a Satria, que situada más al sur, en
territorio samio, vio incrementada de esta manera su población y su actividad
comercial, robándole el protagonismo en el tráfico marítimo en la Laguna
Escondida.
Las
ruinas de las antiguas mansiones pueblan ahora los canales de Guerhotia. Apenas
diez familias sobreviven allí gracias al tráfico de drogas ilegales, la caza y
la pesca. Las fabulosas y reputadas sustancias que antiguamente inundaban los
mercados de los Puertos, fueron prohibidas por
Hasta
allí llegó Ferdiag Ysenti por primera vez siendo un joven furioso y resentido con
la vida. Formaba parte en aquel entonces de la tripulación de “La Testa”, un
robusto navío dedicado al comercio de maderas exóticas que recalaba con
frecuencia en las proximidades de Guerhotia. Seducido por las drogas
alucinógenas que allí descubrió, se dejó arrastrar por ellas hasta caer en un
profundo coma que duró varios días. Inexperto como era en semejantes sustancias,
y acuciado por un irrefrenable deseo de olvidar y evadirse de los recuerdos que
le atormentaban, cometió el error de mezclar en su pipa de marfil todo aquello
que se le ofrecía sin pararse a medir las consecuencias
Su
capitán le abandonó al no presentarse el día en el que zarpaban y al despertar,
se encontró solo, apenas sin dinero y sin barco con el que escapar de la malsana
ciudad de los pantanos.
Pasaron
muchas semanas antes de que la diosa Fortuna acudiera en su ayuda. Durante el
invierno eran pocos los barcos que hasta allí se acercaban, y los que lo hacían,
se limitaban a una navegación de cabotaje dentro de la Laguna Escondida que poco
le interesaba.
Fue
una noche de tormenta y fuerte oleaje cuando, refugiado en el único establecimiento
de Guerhotia que podía ostentar el título de taberna, su suerte cambió. Una magnífica
mano de cartas le otorgó un selecto cofre de hierbas para fumar y la
titularidad de un viejo cascarón medio hundido junto a uno de los antiguos
almacenes de la ciudad.
Herrumbroso,
con la madera medio podrida y sus mástiles fracturados y engalanados por una
espesa vegetación que albergaba todo tipo de pequeña fauna autóctona, el barco no
presentaba el mejor de los aspectos. Lejos de desanimarse, su alma soñadora comenzó a volar lejos. Tenía todo el invierno por delante para hacer que
aquella nave flotara nuevamente. En primavera el paso de El Nido sería
franqueable y podría salir de aquella ratonera.
No
le fue difícil conseguir la tripulación que necesitaba. Hasta Guerhotia llegaban
todo tipo de rufianes, maleantes, desahuciados, gentes de mal vivir, con pasado
pero sin futuro, y que al igual que él, buscaban fuera de la ley lo que la vida
les había negado.
La estrella roja de siete puntas fue la carta que le otorgó la libertad. Un buen nombre para su barco, una reconocible insignia para su bandera.